Creo que siempre se me ha dado bien aconsejar, o al menos eso me han dicho y me lo he creído. Ser un apoyo para una persona, y que pueda contar con alguien, para lo bueno y lo malo no lo hace todo el mundo. Por eso de que los amigos se cuentan con los dedos de una mano.

No sé por qué pero en cada ocasión que he tenido de aconsejar o ser aconsejada me ha parecido más fácil lo primero. Me llena ser la que da consejos para que esa persona esté bien. No porque luego me vayan a dar las gracias y espere que cuando esté mal, vayan a hacer lo mismo. Nunca he sido rencorosa en el sentido de: Yo hice esto por ti y tu nunca me lo devuelves. A la hora de estar mal y querer contar con alguien para hablarlo, no me importa contarlo y que me escuchen. (*) Escucho lo que me dicen y me tomo en serio los consejos que dan.

Eso también me hace pensar que muchas veces cuando doy un consejo, creo que es fácil aplicarlo. Cuando es al revés y me dan el mismo consejo que les di yo en su día, me doy cuenta de lo que cuesta hacerle caso. Luego caigo en que eso que me están diciendo, fue lo que les dije yo antes. Es como si me aconsejara a mi misma. Al final los consejos que das a otras personas, acaban volviendo a ti.

(*) Odio callarme lo que me pasa, si estoy mal, quiero que la otra persona sepa que estoy mal, para eso está la confianza ¿no? No me gusta fingir estar bien cuando no es verdad y necesito desahogarme contándoselo a alguien.